Don Esteban Laureano Maradona

Gabriela Marassa



Buenas tardes Dr. Raúl Jiménez, Jorge Mario Lewitt, al equipo del Discreto encanto de los Galenos y a toda su audiencia.

Este jueves me acerco para dejarles la historia de otro de los Maradona que habitaron el suelo argentino, una tierra prodigiosa en esto de fecundar gente con el don de hacer sentir bien a los otros.

Tal es el caso del Dr. Esteban Laureano Maradona, nacido el 1895 en Esperanza, en la provincia de Santa Fe.  Hijo de un maestro rural y una ama de casa, fue criado junto a sus 13 hermanos en el campo, donde aprendió a cultivar el amor por las plantas y la relación del hombre con el medio ambiente, enseñanzas que más tarde aplicaría en el Norte de nuestro país.

Luego de cursar sus estudios secundarios y ya decidido a convertirse en doctor, se trasladó a Buenos aires para estudiar la carrera de Medicina y una vez recibido se mudó a Resistencia para abrir su primer consultorio. El ritmo de las grandes ciudades no era para él, extrañaba la austeridad y la sencillez de la vida en el campo, el contacto diario con la naturaleza y sus habitantes. Ya en Resistencia establecido como Doctor, comenzó a interiorizarse en los problemas de los pueblos originarios y más precisamente en la explotación que hacían de ellos las empresas instaladas en la zona que los utilizaban como mano de obra barata, como si fueran recursos descartables, ofreciendo trabajo esclavo sin atender las necesidades básicas indispensables de las comunidades nativas. Don Esteban Maradona comenzó a hacer público este destrato en el periódico local donde escribía y salía por los pueblos de la zona a dar charlas para alertar a las poblaciones sobre esta situación, haciendo hincapié en el derecho que ellos tenían para reclamar condiciones laborales más justas. Esta práctica de Don Esteban no fue bien recibida por los que estaban en el poder y debido a que ya venía haciendo mucho ruido, comenzaron a presionarlo para que se fuera y se fue.

Levantó su consultorio y cruzó la frontera hacia el Paraguay, esto fue alrededor de 1931. No le vino mal la mudanza porque allá conoció a Aurora, de quién se enamoró y se comprometió para casarse, pero la suerte quiso otra cosa, él se enlistaría como camillero durante la guerra del Chaco que enfrentaba a paraguayos con bolivianos y Aurora moriría un tiempo después de fiebre tifoidea. Abatido y triste decidió volver a Argentina una vez terminada la guerra en 1935. Tomó el tren que lo llevaría de regreso a Buenos Aires, un recorrido muy largo que la daría tiempo para pensar como volver a insertarse en la vida. En un alto del tren en la estación de Estanislao del Campo, se acercaron los pobladores locales a buscar ayuda para una parturienta que ya estaba con trabajo de parto en acción y allá fue Don Esteban a asistirla. El parto venía complicado y demoró un par de horas, pero el que no demoró su viaje fue el tren que continuó su marcha dejando a Don Maradona en ese paraje de Formosa. Y allí se quedó Don Esteban, pero no hasta la llegada del próximo tren sino por los siguientes 51 años de su vida, dedicado a la comunidad no sólo desde su profesión de médico, sino que también enseñaba a leer y escribir, normas de higiene, el cultivo y el uso de plantas medicinales, entre otras cosas. Les mostró también como hacer ladrillos de barro y fueron levantando sus casitas. Toda la comunidad fue ganando en calidad de vida, un pueblo como tantos otros que había estado por siempre abandonado por el estado, sin agua potable, sin tendido de luz, sin ramales de gas, ni una pizca del progreso que se gozaba en otras partes de la Argentina. A lo largo de esos años Don Esteban erradicó la lepra, el mal de chagas, la tuberculosis, el cólera y la sífilis. Todo esto le valió el mote de “Doctorcito Dios”, como lo llamaban la comunidad de Tobas, Matacos, Mocoviés y Pilagás que vivían en esa zona.

Entre tantas tareas que tuvo también escribió un pequeño libro llamado Apuntes sobre la selva, en donde deja asentado el estudio de plantas medicinales con las que fue trabajando a lo largo de todo este tiempo y un retrato de la vida de nuestros habitantes originarios, sus costumbres y cultura que constituyen un completo estudio antropológico.

A los 91 años, ya muy cansado y enfermo decidió volver a Rosario donde un sobrino podía cuidarlo en sus últimos días. Murió meses antes de cumplir los 100 años, rechazando todo tipo de honores y medallas. El pago por su trabajo, decía él, era la satisfacción de saber que había cumplido con su deber de amor a la humanidad.

Don Esteban Laureano Maradona, por quién en su honor se celebra el día del médico rural el 4 de Julio ha dejado confirmado para las próximas generaciones la capacidad de construcción infinita que tiene el ser humano, nos ha mostrado el espesor con que está hecho ese velo de amor que envuelve a los corazones y la sustancia de la cual se nutren la voluntad y la bondad.

Un filántropo que le dio sentido a cada uno de sus días, promoviendo el bienestar de la comunidad en donde vivió.

Ese otro Maradona, que compartió con el Diego la gloria de alegrarle la vida a las personas. Y no, no eran parientes, sólo portaban el mismo apellido y el don de tocar vidas.

Muchas gracias y un abrazo fuerte para todas y todos.


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Gabriela Marassa – Don Esteban Laureano Maradona

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