El eclipse tan temido

Lucy Céspedes



Hola galenos y galenas, espero que anden muy bien. Muchas veces en esta columna hemos hablado del diálogo entre saberes, de que la ciencia y otros conocimientos no científicos no tienen por qué anularse. Claro que eso en un mundo ideal; en el mundo real, basta escuchar algunos argumentos muy actuales en las cámaras legislativas del país. Pero hoy no vamos a manijear sobre el tratamiento en Diputados de ciertos derechos que serán ley, sino sobre otro tema, el eclipse solar del próximo lunes 14, visible en distintos grados en parte de nuestro país. Más que repetir indicaciones como no-mirar-directamente-al-sol, quiero traerles las palabras de alguien que escribió mucho mejor que yo lo que pasa cuando el diálogo se rompe. Lo que sigue se llama El eclipse, del escritor centroamericano Augusto Monterroso, y espero que les guste.

Cuando fray Bartolomé Arrazola se sintió perdido aceptó que ya nada podría salvarlo. La selva poderosa de Guatemala lo había apresado, implacable y definitiva. Ante su ignorancia topográfica se sentó con tranquilidad a esperar la muerte. Quiso morir allí, sin ninguna esperanza, aislado, con el pensamiento fijo en la España distante, particularmente en el convento de Los Abrojos, donde Carlos Quinto condescendiera una vez a bajar de su eminencia para decirle que confiaba en el celo religioso de su labor redentora.

Al despertar se encontró rodeado por un grupo de indígenas de rostro impasible que se disponían a sacrificarlo ante un altar, un altar que a Bartolomé le pareció como el lecho en que descansaría, al fin, de sus temores, de su destino, de sí mismo.

Tres años en el país le habían conferido un mediano dominio de las lenguas nativas. Intentó algo. Dijo algunas palabras que fueron comprendidas.

Entonces floreció en él una idea que tuvo por digna de su talento y de su cultura universal y de su arduo conocimiento de Aristóteles. Recordó que para ese día se esperaba un eclipse total de sol. Y dispuso, en lo más íntimo, valerse de aquel conocimiento para engañar a sus opresores y salvar la vida.

-Si me matáis -les dijo- puedo hacer que el sol se oscurezca en su altura.

Los indígenas lo miraron fijamente y Bartolomé sorprendió la incredulidad en sus ojos. Vio que se produjo un pequeño consejo, y esperó confiado, no sin cierto desdén.

Dos horas después el corazón de fray Bartolomé Arrazola chorreaba su sangre vehemente sobre la piedra de los sacrificios (brillante bajo la opaca luz de un sol eclipsado), mientras uno de los indígenas recitaba sin ninguna inflexión de voz, sin prisa, una por una, las infinitas fechas en que se producirían eclipses solares y lunares, que los astrónomos de la comunidad maya habían previsto y anotado en sus códices sin la valiosa ayuda de Aristóteles.


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