¿El meritócrata, reniega de lo que hereda?

Ariel Torti

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En 2005 y en un acto en Pilar, Néstor Kirchner comenzó a consolidar una definición sencilla y significativa para la década que vendría. Recordó que al comenzar su gestión en 2003 existía un “hacer político” que señalaba que un buen gobernante era alguien que en su acción cotidiana era “fuerte con los débiles y débil con los poderosos”. Ese supuesto axioma fue puesto en crisis, por primera vez, aquella mañana y en una de las ciudades con más posición dominante de la provincia de Buenos Aires. Tal vez, ese estímulo disidente que anida en muchas de nuestras miradas, sea uno de los legados más valiosos de su paso político que en estos días cumple, diez años de ausencia física más no emocional, ni subjetiva.

A 10 años de su muerte, macrismo mediante y pandemia reinante, el oficialismo intenta consolidar el proyecto de aporte único de grandes fortunas, iniciativa que alcanzaría a personas cuyo patrimonio sea mayor a 200 millones de pesos. Se estiman unas 12.000 personas, pero el aporte más significativo lo haría, proporcionalmente, una minoría de ese universo de argentinos y argentinas alcanzados por la futura medida. El tema, no sólo está en debate en Argentina, buena parte del mundo con pretensiones de justicia busca mecanismos -alguito- compensadores ante tanta inequidad. Mientras la hegemonía mediática embarra la cancha señalando que tal cosa desalentaría las inversiones en el sector privado, se multiplican los datos que muestran a las claras que la economía se concentra día a día y que una veintena de opulentos tiene el equivalente a medio planeta. Un espanto con el que se revela cualquier mortal que guarda en su vocabulario y usa con convicción la palabra empatía.

El dilema de Rastignac ayuda a pensar el tema. Eugenio de Rastignac es el personaje de la novela “Papá Goriot” de Balzac. Uno de los momentos cumbres de la novela es cuando Vautrin, lugarteniente del joven Rastignac, le pone las cartas sobre la mesa al explicarle que en lugar de embarcarse en la larga y tortuosa senda de una posible carrera profesional que -por más brillante que fuese- le arrojaría apenas mediocres ingresos, debería más bien casarse con la joven heredera -aunque poco agraciada- Madeimoselle Victorine. Un arreglo que -según estimaciones de Vautrin- le daría dos veces y medio más ingresos anuales que los percibidos por el mejor pagado de los abogados de la época.

El dilema de Rastignac es uno de los giros metafóricos que usa Thomas Piketty en su libro “El capital en el siglo XXI”, en donde señala que una vez constituido, el capital crece más rápido que la economía. La hipótesis de Piketty es que en las economías capitalistas mientras la tasa de retorno del capital exceda la tasa de crecimiento económico, el ingreso generado por el capital (que ya ha sido acumulado y concentrado por los más ricos) crecerá más rápido que el ingreso generado por el trabajo.

Esa distorsión demanda alguna ingeniería política-económica para equilibrar semejante expresión de violencia. Piketty propone intervención institucional, mayor regulación, impuestos progresivos y hasta un ¿inviable? impuesto global al capital.

 Alejandro Berrotarán, investigador del Conicet, desarrolla la hipótesis de que la “herencia” es un mecanismo que asigna recursos con criterios no meritocráticos, y que, además, como forma instituida permite que la desigualdad se reproduzca. La herencia está claramente en conflicto con la lógica meritocrática. Al heredar no hay talento ni esfuerzo puesto en juego por quien hereda. Alejandro muestra en 3 líneas que la derecha se cobija en la noción de meritocracia para legitimar una estructura de poder que es injusta en sus mecanismos de distribución.

10 años pasaron desde aquel 27 de octubre. Esta nota, tan modesta como entusiasta en su búsqueda, no hubiera sido posible sin el flaco que nos propuso el sueño de ser, resignifiquemos hoy, amorosos con los débiles y más justos que nunca con los poderosos.

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