La democracia y el 10

Ariel Torti



En estos días se hace difícil pronunciar el número 10 y no hablar de Maradona. Vaya un paréntesis al duelo planetario para recordar que en el cuaderno de la humanidad el 10 de diciembre remite de manera precisa a dos cosas fundantes: el día en que Naciones Unidas adoptó la Declaración Universal de los Derechos Humanos y a aquella jornada de restauración democrática encarnada en la figura de Raúl Alfonsín.

Cada 4 años el 10 de diciembre será, hasta nuevo aviso, el día en que la voluntad política argentina materialice en la institucionalidad el cambio de mando y será por siempre, más allá de los fascismos consolidados -o que buscan hacerlo- en el globo, aquella referencia de pretensiones igualitarias expresadas en esa declaración.

El título de esta nota no es azaroso. Basta recorrer las pancartas de las marchas opositoras al gobierno realizadas durante 2020 para preguntarse: ¿Para consolidar el gobierno del y para el pueblo, alcanza con gobiernos cuidantes de la institucionalidad, garantes de la conversación con todos los sectores y tolerantes de una libertad de expresión que atenta a diario contra el interés general y el bien común? En el libro “El capital odia a todo el mundo” Maurizio Lazzarato expresa que la hegemonía del neofascismo se mide no solo por la fuerza de sus organizaciones, sino también por su capacidad de odiar al Estado y al sistema político.

La foto de las madres ilustrando este texto tampoco es casual. Del 83 a la fecha la democracia se parió a fuerza de una insurrección amorosa y valiente, instituyente no solo de una acción reclamante por sus/nuestros desaparecidos sino también incluyente de un nuevo rasgo del ser nacional en donde la radicalidad de las prácticas, también lo constituyen.

Cuando Thatcher dijo “las ciencias económicas son el método, el objetivo es cambiar el corazón y las almas” lo sintetizó todo. Por eso las vísperas de ese tranco revolucionario que se vive en Chile con la nueva Constitución que dejará atrás la letra y la sangre pinochetista no es producto de nuevos diálogos ni de los atributos de la legalidad, sino de la movilización del pueblo que se animó a pisar nuevamente las calles de Santiago. Con dos décadas a cuestas el siglo XXI va insinuando que el reformismo es incompatible con el neoliberalismo. ¿O acaso no lo expresan así las movilizaciones de Santiago, Barcelona, París, Hong Kong, Quito, Beirut? Desde esta perspectiva puede adherirse a aquello de que recién en 2001 se interrumpió en Argentina el ciclo post dictadura.

En los apuntes de la ubicuidad moral siempre estará el 10 de diciembre estimulando nuestras sensaciones y celebrando lo caminado. Pero la práctica ético política demanda una dimensión más drástica, que excede lo partidario y a sus actores de poder. Por caso a este 10/12/20 le introdujeron al Congreso un debate que excede las representaciones producto del voto popular. El debate por la legalización del aborto llega con la fuerza de las bases y con aquello que Rita Segato dice desde la idea de que las grandes transformaciones vienen de la sociedad, no del Estado. El feminismo popular logró politizar un malestar y aquella democracia de “el pueblo no delibera ni gobierna, sino a través de sus representantes y autoridades creadas por esta Constitución”, no alcanza a describir la realidad y menos, a ayudarnos a imaginar por dónde deberán venir las transformaciones que faltan. El 10 pide nuevas dosis de desobediencia, un permitirse ver fluir esa parte silvestre del pueblo y dejar de moralizar el desborde plebeyo.

¿Solo reformismo e institucionalidad cuando advertimos que la violencia en el funeral de Maradona mostró de manera rotunda los límites que el Estado tiene para interpretar, expresar y organizar las dinámicas populares? ¿Solo reformismo cuando advertimos que la máquina del statu quo tiene, además del poder real, capacidad para organizar y movilizarse bajo la bandera del “Patriarcado Unido Argentino”? ¿Solo reformismo cuando aprendimos de Foucault para acá que las micropolíticas neoliberales no necesitan controlar el Estado para crear “modos de vida”?

León Rozitchner resumió de manera medular: “cuando el pueblo no lucha, la filosofía no piensa”. Pareciera buen norte para seguir.

Feliz e incómodo 10 de diciembre para todes.


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