Matar a distancia

Darío Sandrone



Desde hace un siglo, nuestro entorno artificial que parecía lento y pesado, movido por carretas rechinantes y parsimoniosos barcos, ha adquirido un movimiento cada vez más vertiginoso. Las telecomunicaciones han cambiado nuestro vínculo con el tiempo y la distancia. Hoy, en la era de los satélites, alguien en la habitación de al lado puede enviarme un mensaje sin necesidad de venir aquí, y yo puedo enviarle uno a alguien en la otra punta del mundo sin necesidad de ir allá. En un mismo movimiento, las innovaciones tecnológicas han alejado los cuerpos cercanos y acercado los lejanos. Lo que tardaría más y lo que tardaría menos se han vuelto inmediatos por igual.

En esa inmediatez sin distancias, la presencia del cuerpo se ha vuelto innecesaria para comunicarnos, pero también para matar. En 2004, John Lockwodd inició una página web llamada Live-shot.com que ofrecía un servicio muy simple: caza desde casa. A través de una combinación de sistemas robóticos y cámaras web, el usuario online podía dispararle a animales en contextos naturales dirigiendo el arma desde su computadora, en la comodidad del hogar. Como todo emprendimiento reñido con la ética y el buen gusto, Lockwodd se resguardó en una supuesta intención noble: “ofrecer una auténtica experiencia de caza a las personas discapacitadas”. Pero incluso la Asociación Nacional del Rifle de EE.UU., que rara vez rechaza algo en lo que se dispare un arma, dijo que “estar sentado frente a la computadora, ubicado muy lejos, no corresponde a la definición exacta de cazar”. Desde ese punto de vista, la excesiva distancia que permite la técnica deslegitima la práctica.

Pero la posibilidad de matar a distancia no es un rasgo específico de las nuevas tecnologías, al menos si no consideramos novedoso al arco y la flecha o a la catapulta. Live-shot, no hizo más que llevar al gran público la esencia de la tecnología militar: matar sin poner el propio cuerpo en juego. En nuestros días, durante las guerras, las cadenas de televisión suelen filtrar imágenes de la toma de una cámara en cuyo centro la mira telescópica de un arma persigue pequeños blancos —personas, desde luego— ubicados a kilómetros de distancia. Un operador, que está a otros cientos o miles de kilómetros de distancia, controla y dispara. Lo que en la antigüedad era cercano, el cuerpo del enemigo, se ha alejado, y lo que antes era lejano, un objetivo a kilómetros de distancia, se ha acercado. Así las cosas, cada vez resultan menos verosímiles las películas norteamericanas en las que un valiente soldado arriesga su propia vida enfrentando al enemigo en condiciones adversas. Desde hace tiempo, Rambo es un experto en telecomunicaciones. 


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