Vidrio

Darío Sandrone



“Estos ojos son ventanas, y este cuerpo mío es una casa”, escribió Herman Melville en Moby-Dick, hace algo más de un siglo y medio. La metáfora, que hoy funciona, hubiese sido algo forzada apenas unas décadas antes, cuando las ventanas de vidrio transparente eran más bien escasas. Incluso, aún en 1781 L’Encyclopédie le dedicaba una sección al gremio de los “chassissiers”, aquellos artesanos que colocaban papel encerado en las ventanas de los habitantes europeos que no podían pagarse algo mejor para que entre luz en sus casas, sin que lo haga el viento, la lluvia o los asquerosos olores de la calle.

Aunque el vidrio se conoce desde hace unos dos mil años, hasta hace un par de siglos no era sinónimo de transparencia. El óxido de hierro en la arena le imponía un tono verde azulado y, a pesar de que se experimentó con óxido de manganeso para decolorarlo, durante mucho tiempo solo se pudo conseguir un tono amarillento, como sucio. Se veía el vidrio, no a través de él. Por esta razón, los vidrieros medievales insistían en la belleza de los vitrales de colores; una inclinación basada en una deficiencia técnica, antes que en un juicio estético.

Aún a principios del siglo XVII, los vidrieros italianos, particularmente los de Venecia y los de la Isla de Murano, eran casi los únicos en el mundo capaces de producir un vidrio blanco, fino y diáfano, al que llamaban “cristalino”, por su similitud con el cristal de roca. Sin embargo, era carísimo y apenas si se encontraba en los palacios. Más o menos por esa época, María de Médicis ordenó reemplazar el vidrio de color por cristalino en todas sus ventanas, lo que en ese momento fue considerado un lujo desproporcionado y sin precedentes. Si hubiera cubierto de oro sus paredes, no hubiese llamado tanto la atención. También son conocidas las precauciones del duque de Northumberland, que cada vez que salía de viaje hacía desmontar los vidrios de todas las ventanas de su castillo, solo para colocarlos nuevamente a su regreso, cuando podía vigilarlos personalmente.

El carácter precioso de su producto otorgó a los vidrieros un lugar privilegiado en el universo de las artes y oficios. En ocasiones, se los asociaba con los alquimistas, puesto que su labor secretísima combinaba el arte y algunas ciencias de las que no se conocían plenamente sus principios. Además, eran considerados artistas —en el sentido actual del término — antes que artesanos e, incluso, se les permitía contraer matrimonio con doncellas de la nobleza.

La frase que Melville escribió en 1851 solo fue un anticipo del conjunto de lugares comunes que la transparencia del vidrio estimularía en el cine y en la literatura del siglo XX: un poderoso empresario junto a la ventana de su oficina en el rascacielos, una anciana mirando con nostalgia a través del ventanal del asilo, una reciente madre observando a su bebé a través de un vidrio en la maternidad, unos lentes, una copa de champagne, unos tubos de ensayo, un mensaje en un vidrio empañado. Cuántos íconos vítreos nos han rodeado en un par de siglos sin que nos demos cuenta. Han devenido, también ellos, transparentes.


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Darío Sandrone – Vidrio

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